Psicología del bienestar

Logo de Psicología del Bienestar

El emergente conversacional

Hay conversaciones de las que uno sale con algo que no tenía al entrar y que tampoco trajo la otra persona. No es que alguien dijo algo brillante y el otro lo supo recibir. Es que apareció una idea —o una imagen, o una decisión— que no estaba en ninguna de las dos cabezas y que ninguno de los dos habría producido solo. Eso es un emergente conversacional.

La explicación de sentido común para esos episodios es que la charla «estuvo buena», como si la calidad fuera una propiedad del clima. La más elaborada dice que uno aportó algo valioso y el otro lo recibió: un modelo de transmisión, con emisor y receptor. Las dos son cómodas y las dos fallan ante el primer examen serio de una grabación, porque en una conversación real el sentido de lo que cada uno dice no está decidido en el momento en que lo dice.

Qué es un emergente conversacional

Un emergente conversacional es un producto de la interacción que no puede atribuirse a ninguno de los participantes. No se le ocurrió a uno y el otro ayudó: apareció entre los dos, y desaparece si los separás.

Conviene separar dos versiones de esa afirmación, porque tienen fuerza muy distinta y el resto del artículo depende de no confundirlas. La versión débil dice que el enunciado se produjo entre varios: tres personas arman una oración por turnos y la oración no es de ninguna. Eso se ve en cualquier transcripción y nadie lo discute. La versión fuerte dice que apareció un contenido que ninguno tenía y que ninguno habría alcanzado solo. La primera es fácil de mostrar y poco interesante; la segunda es la que importa y es la difícil. Cuando digo emergente conversacional me refiero a la segunda.

Conviene distinguirlo, además, de tres cosas con las que se lo confunde. No es igual que una conversación profunda: se puede hablar del padre que se muere con toda la intensidad del mundo y no producir nada nuevo, porque una confesión repetida doscientas veces es profunda y es estéril. No es lo mismo que la suma de dos aportes: que cada uno ponga lo suyo y después se sumen las partes es otra cosa, y de hecho suele rendir más, como se va a ver. Y no es una sensación agradable: es un resultado, y puede ser incómodo.

El modelo más claro que encontré para explicarlo es una mayonesa. Tenés aceite, una yema y unas gotas de limón, y ninguno de los tres es blanco, ni espeso, ni untable. La mayonesa sí. No está adentro del aceite esperando que alguien la saque: aparece cuando las gotas de aceite quedan suspendidas en la yema, y solo si el aceite entra despacio y el batido no se detiene. Si te apurás, se corta, y te quedás con los ingredientes intactos y con nada.

La analogía tiene un límite que conviene decir de entrada: la mayonesa sale siempre que sigas la receta, y una conversación no. Sirve para ver cómo aparece algo que no estaba en los ingredientes, no para la parte de que no se puede predecir.

¿Y cómo sabés que te pasó? No hay prueba, pero hay tres indicios que vale la pena mirar juntos. El primero es que no podés reconstruir el camino: te acordás de dónde terminaron y no de por dónde fueron. El segundo es que ninguno de los dos puede reclamar la idea sin que al otro le suene falso. El tercero, el que a mí más me sirve, es que la cosa sobrevive: una semana después la seguís usando. Eso la distingue del entusiasmo de sobremesa, que se evapora el lunes.

El término tiene dos linajes. El primero es Enrique Pichon-Rivière, que en El proceso grupal hizo del emergente una pieza técnica: la unidad mínima de trabajo en un grupo tiene tres tiempos —existente, interpretación, emergente—, y lo que surge pasa a ser el existente del ciclo siguiente. Una espiral, no una línea. A eso le agregó el portavoz, el miembro que en un momento «denuncia el acontecer grupal» y que, escribe, «no habla sólo por sí sino por todos».

El segundo viene del jazz y del teatro de improvisación. Keith Sawyer, pianista devenido psicólogo, llamó emergencia colaborativa a lo que pasa cuando un grupo improvisa: la dirección que va a tomar no se puede predecir aunque tengas información ilimitada sobre las habilidades y los estados mentales de cada participante por separado. Sawyer rescata para eso una frase de George Herbert Mead de 1932: el emergente, cuando aparece, siempre resulta seguirse del pasado, pero antes de aparecer, por definición, no se sigue de él.

Cómo se produce, turno a turno

En 1964 Harvey Sacks empezó a escuchar cintas de llamadas al centro de prevención del suicidio de Los Ángeles buscando no el contenido sino la mecánica. Encontró dos hechos evidentes que juntos son extraños: en una conversación habla una persona a la vez, y el que habla cambia. Ocurren simultáneamente, sin nadie repartiendo los turnos. Cuarenta años después, un equipo dirigido por Tanya Stivers midió eso con cronómetro en diez lenguas, del japonés al tzeltal de Chiapas, y el pico de cada lengua cayó entre cero y doscientos milisegundos.

Stephen Levinson y Francisco Torreira señalaron el problema que eso plantea. Las brechas entre turnos rondan los 200 milisegundos, pero producir lenguaje lleva más de 600. La cuenta no cierra salvo que el que responde proyecte el final ajeno y empiece a preparar su turno antes de que llegue. O sea que mientras escuchás ya estás construyendo lo que vas a decir, sobre una predicción de cómo va a terminar el otro.

Ese ida y vuelta hace algo más que repartir la palabra. Kenneth Gergen lo muestra con un ejemplo mínimo. Ron le declara su amor a Cindy y lo hace bien: palabras, gestos, tono, todo coordinado. Pero el significado de lo que hizo todavía no está decidido. Si ella responde que también está enamorada, queda ratificado como declaración de amor. Si responde «sos como un nene dependiente», o «eso mismo le dijiste a Sue la semana pasada», lo que Ron hizo cambia de naturaleza hacia atrás. Gergen llama a eso acción y suplemento, y lo decisivo es que no se detiene: el suplemento de Cindy es a su vez una acción que espera el suyo.

Herbert Clark llegó al mismo lugar desde la psicolingüística experimental. Cada contribución tiene dos fases: en la de presentación uno emite una señal, y en la de aceptación el otro devuelve evidencia de lo que entendió. El intercambio cierra recién cuando los dos aceptan que entendió «lo suficientemente bien para los propósitos actuales». El entendimiento no es un estado adentro de una cabeza: es algo que se ratifica entre dos, siempre de manera provisoria. Y Keith Johnstone, dirigiendo actores, le puso el nombre operativo: contestar de manera que lo que el otro trajo no pueda seguir es bloquear; aceptarlo y continuarlo es la regla del «sí, y».

De ahí sale el emergente, pero hace falta un paso más, porque no alcanza con decir que nadie controla el significado de lo que dice. No controlar no es lo mismo que no ser reducible: podría no controlar nada y que el resultado fuera igual la pura suma de lo que cada uno trajo. Lo que rompe la suma es otra cosa.

Cada turno no solo recibe sentido del siguiente: también angosta el campo de lo que el siguiente puede ser. Después de unos pocos intercambios hay cosas que ya no entran, y esa restricción no está en la cabeza de ninguno de los dos. Ninguno la decidió, ninguno podría enunciarla si se la preguntás, y sin embargo opera. Está en la secuencia. Sawyer la llama causación descendente: una propiedad del nivel superior que actúa sobre los participantes. Si eso es así, la trayectoria está siendo moldeada por algo que no existe en ningún individuo, y es ahí —no en la falta de control— donde la reducción a las partes falla.

Por qué no se puede planificar

La consecuencia es que un emergente no se fabrica a voluntad. El pasaje que mejor lo dice es de 1960 y no es de un psicólogo:

Acostumbramos a decir que «llevamos» una conversación, pero la verdad es que, cuanto más auténtica es la conversación, menos posibilidades tienen los interlocutores de «llevarla» en la dirección que desearían. Lo que «saldrá» de una conversación no lo puede saber nadie por anticipado.

Gadamer llega ahí analizando el juego. Su tesis es que el sujeto del juego no son los jugadores: «todo jugar es un ser jugado». Por eso puede decir que el asunto de una conversación auténtica «no es ni mío ni tuyo». Y John Shotter, desde la psicología social, lo formula con menos literatura: la acción conjunta produce resultados no intencionales, y como su organización no se puede rastrear hasta las intenciones de nadie en particular, se le aparece a cada uno como algo dado.

La objeción: ¿y si es la memoria?

Acá conviene frenar, porque hay una objeción y es mejor de lo que me gustaría. Todo lo anterior se apoya en una experiencia subjetiva —»no sé de quién fue la idea»— y esa experiencia tiene una explicación más barata: te falló la memoria. La idea fue de alguien, probablemente del otro, y tu cerebro perdió la etiqueta de origen mientras conservaba el contenido. Se llama falla de monitoreo de la fuente, y cuando el resultado es apropiarse de algo ajeno, criptomnesia.

No es especulación. Alan Brown y Dana Murphy la produjeron en laboratorio en 1989 con un diseño parecido a una charla: grupos chicos, gente turnándose para decir en voz alta ejemplos de una categoría, y después la consigna de recordar quién dijo qué y agregar nuevos. Entre el tres y el nueve por ciento de las respuestas eran plagio involuntario, y el error crecía cuando había más cosas que monitorear. Una conversación de café tiene bastante más para monitorear que una lista de frutas.

Hay que ser preciso con lo que esto refuta. Una transcripción prueba la versión débil: que el enunciado se construyó por turnos. No prueba la fuerte, porque para eso habría que saber qué había en cada cabeza antes de empezar, y no hay manera.

Lo que sí se puede decir es que la criptomnesia explica un problema y no el otro. Explica el de la atribución: por qué no sabés de quién fue. No explica el de la trayectoria: por qué la conversación llegó adonde llegó y no a otro lado, que es una pregunta sobre la secuencia y no sobre la memoria de nadie. Para la versión fuerte, hoy, no tengo un test, y este es el punto donde el artículo es más vulnerable.

Por qué la mayoría de las conversaciones no produce nada

Juntar gente y esperar no alcanza, y hay dos razones distintas. La primera la describió Wilfred Bion. Todo grupo funciona en dos niveles: el grupo de trabajo, ocupado de la tarea por la que se juntó, y los supuestos básicos, estados emocionales compartidos y tácitos que el grupo actúa sin que nadie los formule. El grupo de dependencia espera un líder que resuelva todo; el de ataque-fuga necesita un enemigo. Los supuestos básicos son un dispositivo para no hacer la tarea, y funcionan bien: ocho personas pueden pasar tres horas quejándose de un ausente con enorme intensidad emocional y ningún resultado.

La segunda es la falta de diferencia. Para Gregory Bateson, un bit de información es «una diferencia que hace una diferencia», de modo que una charla donde cada intervención confirma la anterior es estéril por más agradable que resulte. Charlan Nemeth le puso números: expuso a grupos de seis personas a una minoría o a una mayoría que sostenían cierta respuesta, y los expuestos a la minoría encontraron más soluciones nuevas y correctas. El efecto aparecía tanto si la minoría tenía razón como si estaba equivocada. La mayoría angosta la búsqueda; la minoría la ensancha.

Conviene decir también la parte fea, porque todos los emergentes mencionados hasta acá son deseables y eso es falso. Irving Janis estudió cómo el gabinete de Kennedy aprobó la invasión de Bahía de Cochinos —un plan que casi cualquiera de ellos, leyéndolo solo, habría descartado— y llamó pensamiento grupal al proceso. Nadie decidió eso: emergió, con la misma mecánica de turno y ratificación con la que emerge una buena idea. Un linchamiento es un emergente. El concepto describe cómo aparece algo, no de qué está hecho.

¿Se puede favorecer un emergente conversacional con un dispositivo?

Esta es la pregunta práctica, y la respuesta corta es que sí, con evidencia que converge desde varios lados, pero que nadie corrió todavía el experimento directo.

Empieza mal. La creencia de que juntar gente a hablar libremente produce más ideas viene del publicista Alex Osborn, que acuñó el término brainstorming en 1942 y popularizó el método en 1953 con Applied Imagination. Cuando Michael Diehl y Wolfgang Stroebe revisaron la literatura en 1987, de veintidós experimentos publicados dieciocho encontraron lo contrario: los grupos nominales —las mismas personas pensando por separado y sumando después— superaban a los grupos reales conversando. Un metaanálisis de Mullen, Johnson y Salas confirmó el efecto cuatro años más tarde. La causa principal resultó ser el bloqueo de producción: mientras habla uno, los otros no pueden.

Eso no dice que conversar sea inútil. Dice que la conversación libre es un mal dispositivo, y es un argumento a favor del diseño.

Los que más lejos llegaron diseñando son los actores. La comunidad de improvisación de Chicago tiene más de trescientos juegos catalogados, cada uno con sus reglas, y los grupos arman sus funciones alrededor de juegos y no de escenas libres por una razón práctica: tienen mayor tasa de éxito. Un juego define de antemano parte del marco, y así los actores no tienen que fabricarlo entero desde cero. La emergencia colaborativa, escribe Sawyer, «es guiada y canalizada por las reglas». No impedida: canalizada.

Wittgenstein da el argumento de fondo. Seguir una regla, escribe, es una práctica, y no se puede obedecer una regla «privadamente»: obedecer una regla, dar una orden o jugar al ajedrez son costumbres, usos, instituciones. La regla no se le agrega desde afuera a una actividad preexistente. Es la actividad.

Del lado experimental, el antecedente exacto de un mazo de preguntas existe desde 1997. Arthur Aron armó dos listas de treinta y seis preguntas —una que escalaba en intimidad, otra de charla trivial— y sentó a desconocidos de a dos durante cuarenta y cinco minutos. Ganó la que escalaba. El procedimiento importa tanto como el contenido: las preguntas venían en papelitos repartidos en tres mazos, quince minutos cada uno, y para cada papelito uno de los dos, alternando, lo leía en voz alta antes de que ambos respondieran.

El detalle más útil de ese trabajo es el que casi nadie cita. En los estudios siguientes Aron probó emparejar a la gente por afinidad, hacerle esperar que se iba a caer bien, y decirle explícitamente que el objetivo era acercarse. Ninguna de las tres manipulaciones produjo efecto. Funciona la estructura de la autorrevelación escalonada; pedirle a la gente que se acerque, no. En la misma línea, Karen Huang y su equipo aislaron la conducta más chica y más accionable de todo este corpus: hacer preguntas de seguimiento, las que retoman lo que el otro acaba de decir. Quien las hace cae mejor, y en citas rápidas consigue más segundas citas.

Hay además un caso que se parece a un experimento natural. Después de reconstruir Bahía de Cochinos, Janis buscó el contraejemplo y lo encontró dieciocho meses más tarde, en la crisis de los misiles de 1962: la decisión la tomó «casi el mismo elenco de personajes» que había aprobado el desastre anterior. Lo que cambió fue el procedimiento, y Kennedy lo cambió a propósito.

Sacó la agenda formal y suspendió el protocolo. Trajo expertos de afuera y, sabiendo que el visitante tiende a callarse, hizo que el grupo les pidiera explícitamente su opinión. Partió el comité en dos subgrupos que trabajaban por separado y después se interrogaban entre sí. Y se ausentó a propósito de varias reuniones, porque su sola presencia empujaba al acuerdo. Janis cierra el libro proponiendo una reunión de «segunda oportunidad», convocada justo antes de la votación definitiva, donde cada uno exprese con todo el énfasis que pueda sus dudas residuales.

Conviene marcar qué prueba ese caso y qué no. Muestra un procedimiento que evitó un emergente destructivo, no uno que haya producido un emergente valioso. Prevenir y propiciar son parientes, pero no se confunden, y la evidencia acá cae del lado de la prevención.

En clínica, el caso con más recorrido es el Diálogo Abierto finlandés, de Jaakko Seikkula. Ante una crisis psicótica aguda se convoca una reunión con el paciente, su red y los profesionales, y se conversa bajo tres reglas: tolerancia a la incertidumbre —la pregunta «¿qué hacemos?» queda abierta hasta que el diálogo produzca una respuesta—, dialogismo, y polifonía. En un seguimiento a dos años de primeros episodios de esquizofrenia, la hospitalización bajó a unos diecinueve días, hizo falta medicación neuroléptica en el 35% de los casos contra el 100% del grupo de comparación, y hubo recaídas en el 24% contra el 71%.

Hay que decir con qué se compran esos números: el estudio no fue aleatorizado, el grupo de comparación no es equivalente y todo ocurre en una región chica de Finlandia. No prueban que conversar cure la psicosis. Prueban algo más modesto y suficiente para este argumento: un dispositivo que pauta cómo se conversa produce efectos medibles. Y una aclaración que corresponde hacer: nada de esto es orientación clínica. Ante una crisis de salud mental lo que hay que hacer es consultar a un profesional, no armar una ronda.

Queda el límite, que hay que decir para que lo anterior valga algo. Ninguno de esos estudios midió un emergente. Aron midió cercanía; Seikkula, días de internación; Diehl y Stroebe, cantidad de ideas, que es una medida pobre porque contar ideas no distingue la que ya estaba en una cabeza de la que apareció entre dos. El único que estudió la emergencia conversacional de frente es Sawyer, y lo hizo a mano, analizando performances una por una. Él mismo anota, al final de su capítulo sobre los juegos, que comparar cómo distintos formatos producen distintos procesos de emergencia sigue siendo trabajo pendiente.

En síntesis: qué sabemos del emergente conversacional

El fenómeno está descripto por separado, y sin contacto entre sí, por la clínica de grupos, la filosofía hermenéutica, el análisis de la conversación y la etnografía de la improvisación. El mecanismo se entiende bastante bien: el sentido de cada turno lo ratifica el turno siguiente, y la secuencia va cerrando opciones que ninguno de los participantes eligió cerrar.

Lo que falta es la medida. Nadie midió todavía un emergente conversacional de manera directa, y hasta que alguien lo haga esto es un conjunto de dispositivos que funcionan más una teoría que explica por qué deberían funcionar, sin el estudio que ate las dos cosas. Mientras tanto, las condiciones que lo favorecen son mundanas y están al alcance de cualquiera que arme una mesa: una consigna, turnos, lugar para el que disiente, y alguna forma de separar el escuchar del tener que responder.

Si hiciera falta resumirlo en una línea: no hace falta que la conversación sea profunda. Hace falta que esté armada.

Para probarlo

Elegí una pregunta y no te muevas de ahí veinte minutos. Poné turnos, aunque se sienta artificial: el que habla habla, los otros no contestan todavía. Cuando te suba una respuesta filosa, no la digas ni te la tragues: sostenela a la vista y seguí escuchando. No entres sabiendo adónde querés llegar. Y si son más de seis, dividí la mesa.

Esas cinco reglas son, más o menos, las que terminaron adentro de Convergentes, un juego de cartas que vengo armando para eso.

Notas

1. Pichon-Rivière usa emergente en un sentido más acotado que el de este texto, dentro de una teoría del vínculo específica; Sawyer usa emergence en el sentido de la teoría de sistemas complejos. Juntarlos bajo una sola etiqueta es una decisión mía, y la defiendo con el argumento de la convergencia: dos tradiciones que no se leyeron describiendo lo mismo es razón para sospechar que el fenómeno precede a las dos teorías. Es un argumento, no una prueba.

2. El caso de la crisis de los misiles es un contraejemplo histórico reconstruido por Janis a partir de memorias y testimonios, no un experimento. El grupo no fue asignado al azar a dos procedimientos, y no hay manera de separar el efecto del procedimiento del efecto de haber aprendido de un fracaso reciente.

3. Lo que haría falta para cerrar la pregunta del dispositivo es un diseño con dos condiciones —mismo grupo, misma consigna, con y sin pautado de turnos— y una medida de emergencia que no sea la cantidad de ideas. Lo difícil es la medida: habría que distinguir en la transcripción un enunciado que ninguno de los participantes podría haber producido solo, y eso hoy se hace leyendo.

4. Los tres indicios de reconocimiento que propongo más arriba —no poder reconstruir el camino, que ninguno pueda reclamar la idea, que la cosa sobreviva a la semana— son heurísticas mías, no criterios validados. Sirven para orientarse, no para dirimir.

Mauro Tommasi es licenciado en Psicología (MN 35336).

Referencias

  • Aron, A., Melinat, E., Aron, E. N., Vallone, R. D. y Bator, R. J. (1997). The experimental generation of interpersonal closeness. Personality and Social Psychology Bulletin, 23(4), 363-377.
  • Bateson, G. (1972). Steps to an Ecology of Mind. Chicago: University of Chicago Press.
  • Bion, W. R. (1961). Experiences in Groups and Other Papers. Londres: Tavistock.
  • Brown, A. S. y Murphy, D. R. (1989). Cryptomnesia: Delineating inadvertent plagiarism. Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition, 15(3), 432-442.
  • Clark, H. H. (1996). Using Language. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Diehl, M. y Stroebe, W. (1987). Productivity loss in brainstorming groups. Journal of Personality and Social Psychology, 53(3), 497-509.
  • Gadamer, H.-G. (1960/2006). Verdad y método I. Salamanca: Sígueme.
  • Gergen, K. J. (2009). Relational Being: Beyond Self and Community. Oxford: Oxford University Press.
  • Huang, K., Yeomans, M., Brooks, A. W., Minson, J. y Gino, F. (2017). It doesn’t hurt to ask: Question-asking increases liking. Journal of Personality and Social Psychology, 113(3), 430-452.
  • Janis, I. L. (1972). Victims of Groupthink. Boston: Houghton Mifflin.
  • Johnstone, K. (1979). Impro: Improvisation and the Theatre. Londres: Faber.
  • Kardas, M., Kumar, A. y Epley, N. (2022). Overly shallow?: Miscalibrated expectations create a barrier to deeper conversation. Journal of Personality and Social Psychology, 122(3), 367-398.
  • Levinson, S. C. y Torreira, F. (2015). Timing in turn-taking and its implications for processing models of language. Frontiers in Psychology, 6.
  • Mead, G. H. (1932). The Philosophy of the Present. Chicago: Open Court.
  • Mullen, B., Johnson, C. y Salas, E. (1991). Productivity loss in brainstorming groups: A meta-analytic integration. Basic and Applied Social Psychology, 12(1).
  • Nemeth, C. J. (1986). Differential contributions of majority and minority influence. Psychological Review, 93(1), 23-32.
  • Osborn, A. F. (1953). Applied Imagination. Nueva York: Scribner.
  • Pichon-Rivière, E. (1971). El proceso grupal. Buenos Aires: Nueva Visión.
  • Sacks, H. (1992). Lectures on Conversation, vols. I y II. Oxford: Blackwell.
  • Sawyer, R. K. (2003). Improvised Dialogues: Emergence and Creativity in Conversation. Westport: Ablex.
  • Seikkula, J. y Olson, M. E. (2003). The open dialogue approach to acute psychosis. Family Process, 42(3), 403-418.
  • Shotter, J. (1993). Conversational Realities. Londres: Sage.
  • Stivers, T., Enfield, N. J., Brown, P. y cols. (2009). Universals and cultural variation in turn-taking in conversation. PNAS, 106(26), 10587-10592.
  • Wittgenstein, L. (1953). Philosophical Investigations. Oxford: Blackwell.
Scroll al inicio