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Mitos sobre el propósito.

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Propósito vital · Artículo

Mitos sobre propósito

La mayoría de las personas que sienten que "no encuentran su propósito" no tienen un problema de búsqueda: tienen un problema de determinación.

Mauro Tommasi · Lectura de 22 minutos

"Todavía no encontré mi propósito." La escuchamos en cada cohorte del taller, y casi siempre la dice alguien que trabaja, cría hijos, sostiene amistades y defiende causas que le importan; es decir, alguien cuya vida está lejos de estar vacía. El problema rara vez está en esa vida. Está en el verbo —en eso de encontrar— y en la idea de propósito que el verbo arrastra sin que nos demos cuenta.

Richard Leider les puso nombre hace décadas: los llamó "mitos del propósito", y hoy están más vigentes que nunca. Las mismas creencias reaparecen en la investigación, en la literatura de coaching y en cada grupo que se propone trabajar el tema. No impiden tenerlo; impiden reconocerlo.

Conviene aclarar desde dónde se lo mira. Acá, propósito es una contribución a algo que va más allá de uno. Eso descarta dos cosas de entrada: el entusiasmo de una tarde aislada, porque hablamos de una intención sostenida; y el proyecto puramente personal, porque el aporte se dirige a algo externo a uno.

Y el uso corriente ignora una distinción que conviene tener a mano: propósito y sentido no son lo mismo. En el modelo de Tatjana Schnell, la sensación de que la vida vale la pena se apoya en cuatro patas — coherencia (que lo que hacés y buscás encaje entre sí), significancia (que tus actos resuenen en algo), pertenencia (tener un lugar, formar parte de algo mayor) y orientación. El propósito es la cuarta: la brújula.

Maslow había llegado a una idea parecida por otro camino. Hacia el final de su vida terminó revisando su propia pirámide y le agregó un piso arriba de la autorrealización: la autotrascendencia, ese momento en que la mirada deja de estar puesta en uno y empieza a mirar hacia afuera. No la propuso como una etapa más entre otras. La propuso como el techo.

Mito 1: Sólo algunas personas especiales tienen propósito.

Cómo suena por dentro

"Hay gente que nació para eso, se les nota desde chicos. Yo no soy de esas personas."

Si el propósito fuera patrimonio exclusivo de personas prodigiosas, no haber sido bendecido con su varita significa que no hay nada que uno pueda hacer al respecto. Nos desresponsabilizamos porque nos daría miedo escuchar su música y no poder simular desoírla, o miedo de no estar a su altura.

A este mito lo desarma el registro histórico. Buena parte de las contribuciones que valoramos las hizo gente común, sin credenciales en el área donde terminó dejando su huella; ser un diletante suele jugar a favor, porque no está condicionado por la manera establecida de mirar el problema. Y hay una idea de Leider incómoda para quien espera solucionarlo todo al descubrirse talentoso: el propósito prospera en proporción a la energía que le dedicamos, no a nuestra experticia. Hay propósito cada vez que alguien usa lo que tiene para responder a algo en lo que cree.

William Damon entrevistó a miles de adolescentes y veinteañeros norteamericanos buscando lo mismo, y encontró que apenas uno de cada cinco tenía algo parecido a un propósito claro. Al resto los repartió en categorías: soñadores, con una aspiración vaga y ningún plan para perseguirla; diletantes, que prueban de todo sin comprometerse con nada en particular; indiferentes, a quienes ni buscarlo ni no encontrarlo les quita el sueño. El dato no contradice el mito. Lo confirma al revés: la escasez de propósito no viene de que falten elegidos, viene de que casi nadie se sienta a construirlo.

Mito 2: El propósito tiene que ser algo original y grandioso.

Cómo suena por dentro

"Lo que a mí me importa ya lo hizo otro, y a mucha mayor escala."

La originalidad absoluta casi no existe: toda creación es extensión, recombinación o síntesis de algo previo, incluso en la ciencia o en el arte, donde los avances suelen consistir en reordenar ideas que ya andaban dando vueltas. Leider usa una imagen justa: somos maratonistas de posta y llevamos la antorcha hacia la generación siguiente.

El otro filo del mito es la escala, y ahí Kislansky es contundente: la envergadura del propósito está en la potencia de la intención, no en la cantidad de gente a la que impacta. Cuenta el caso de un hombre cuyo propósito era cuidar su huerta orgánica para darle alimento fresco a su comunidad, tan noble como cualquier otra causa de escala global. Escuchá cómo suenan los propósitos reales formulados sin épica: "ser un padre presente", "ayudar a que otros tengan un buen morir", "componer música que inspire". Ninguno es grandilocuente y los tres son contribuciones a algo que excede a quien las hace.

Iddo Landau le puso nombre a la creencia de fondo: la presuposición perfeccionista, según la cual una vida con sentido tiene que incluir logros excepcionales y trascender lo ordinario. Es, sostiene, la razón más frecuente por la que alguien concluye que su vida no tiene ningún propósito. El sentido admite grados igual que la belleza —a nadie se le ocurre exigir que una casa sea absolutamente deslumbrante para considerarla linda—, y sin embargo, al juzgar la propia vida trazamos una línea que roza el polo absoluto.

Queda la unicidad: tu propósito es, necesariamente único porque vos sos único, pero puede parecerse muchísimo al de otro. Una pregunta que ilustra esto sería: "¿Qué quedaría sin ser hecho, si yo no lo hiciera, de la manera en que yo lo haría?". La clave está en el complemento circunstancial de modo "de la manera en que yo lo haría". Especificar esa singularidad es lo que vuelve único al propósito. Kislansky los llama "hermanos de propósito" y lo celebra, porque es lo que contribuye a que una causa se propague en tiempo y espacio más allá de quien la inauguró.

Mito 3: El propósito verdadero llega como epifanía.

Cómo suena por dentro

"Algún día se me va a prender la lamparita. Mientras tanto, la sigo remando."

Leider bautizó a esta creencia pop-in theory, la teoría del chispazo: las direcciones nuevas aparecerían como revelaciones que descienden sobre algunos afortunados. Lo notable es que la profecía se autocumple — quien se sienta a esperar garantiza que nada ocurra.

La secuencia real va en el sentido opuesto de como la imaginamos. No es "me inspiro y luego actúo", sino actúo y entonces aparecen los momentos de propósito.

En mi historia personal, al terminar el secundario no vi ningún chispazo, entonces concluí que lo mejor era seguir derecho. Y seguir derecho era seguir derecho. Traduciendo: seguir abogacía era seguir recto. ¿Por qué ocurrió eso? Un factor que influyó en mi decisión de entonces era que mi hermano mayor había elegido esa misma carrera un año antes. ¿Cuál suele ser un guión preasignado a los hermanos mayores? El de abrirse camino a machetazos y dejar un surco marcado para sus otros hermanos. Una vez, en plena clase de derecho civil, sí apareció un hallazgo. Me pregunté: ¿De qué maneras yo podría desear hacer lo que ese hombre hace? Y esa chance se me apareció tan remota como un campo de árboles de mango cubierto de nieve. Es decir, apareció un destello de epifanía, pero no en forma de luz verde, sino en forma de luz roja: lo que no quería para mi futuro.

Muchos identifican su propósito a partir de una crisis —una enfermedad, una pérdida, un despido—, y Leider le dedica un capítulo a esos "momentos de propósito", catalizadores potentes porque obligan a soltar lo superfluo de golpe. Pero contar con eso como método es pésima estrategia. No hace falta perder una pierna, ni enfermarse, para averiguar de qué está hecho uno. Se puede empezar ahora, y puede hacerlo cualquiera.

Mito 4: El propósito es algo que se encuentra

Cómo suena por dentro

"Está en algún lado. Tengo que buscar mejor, o en otro lugar, hasta dar con él."

Este es el más costoso de todos, porque sostiene a los tres anteriores. La metáfora de la búsqueda presupone un objeto ya formado —"mi propósito"— del que uno se separó en algún momento; y mientras se dedica a examinarlo, se paraliza su acción.

Sería falaz, igualmente, decir que no hay nada que descubrir. Lo hay: descubrir qué se te da bien y qué tenés para darle al mundo. Frankl sostenía que el sentido se descubre más de lo que se inventa, y Paul Wong lo retoma con un matiz —el descubrimiento no viene antes del compromiso, viene dentro de él. Uno no se entera del coraje que tiene hasta que algo lo pone a prueba. El suelo fértil aparece mientras trabajás, no mediante un inventario previo.

Herminia Ibarra lo empuja más lejos. Estudiando a gente que cambió de carrera encontró que pasar mucho tiempo mirando hacia adentro, al acecho del "verdadero yo", puede ser contraproducente, y que a veces opera como defensa contra el cambio: reflexionar sobre quién sos importa menos que probar si de verdad querés lo que suponés querer. La terapia ACT es categórica al respecto: aferrarse muy rígidamente a una autoconceptualización del yo hace mal. Ella opone el test-and-learn al modelo de planificar primero y ejecutar después, que es el de casi toda la orientación ocupacional que conocemos. Al no actuar, escribe, nos escondemos de nosotros mismos.

Con descubrir tampoco alcanza, porque hay una elección, y la elección está siempre — incluso cuando no la registrás. Quien nunca decidió explícitamente a qué dedicarse decidió igual, por omisión. El sentido de propósito rara vez nos es revelado como un cartel pasacalles en tu ventana; lo obtenemos eligiéndolo. No es un trabajo, ni un rol, ni una meta: es una postura sostenida sobre lo que traemos a lo que hacemos.

Y falta una tercera pieza, que suele pasar desapercibida: el relato. Un propósito termina de armarse cuando una narrativa le da coherencia a esa historia — cuando te convertís en autor de por qué elegiste tal cosa, en qué te equivocaste, y cuándo le sacaste el jugo a la adversidad. Es lo que McAdams llama "identidad narrativa": el relato que integra los fragmentos sueltos de una vida. Sin él hay actividades que se sienten significativas, pero deshilvanadas entre sí. La narrativa se construye en el sentido construccionista del término. Pero antes de toda construcción humana suele haber un paso previo: el diseño.

Bill Burnett y Dave Evans le suman una cuarta pieza a esas tres, en Diseña tu vida: diseñar. Ellos mismos ponen nombre a la creencia que quieren desarmar —"mi trabajo soñado está ahí afuera, esperando"— y la reformulan así: se diseña a través de un proceso activo de buscar y co-crear, no de encontrar. Su ejemplo favorito es la famosa pasión (curiosamente, suele encontrarse en singular): la mayoría de la gente no tiene idea de cuál es la suya, y esperar a descubrirla antes de moverse es al revés de cómo funciona en realidad — "la pasión es el resultado de un buen diseño de vida, no la causa". Un diseñador arma prototipos de baja resolución, y los choca contra la realidad como si fueran crash test dummies, para conocer cómo funcionan. Luego corrige el rumbo con lo que aprende de cada prototipo, en vez de esperar la versión final antes de moverse. Aplicado al propósito, eso significa tratarlo como una hipótesis de trabajo que se revisa haciendo, no como una revelación que hay que descifrar de una sola vez. Se trata de un diálogo entre la ejecución de la acción y el feedback loop de la realidad que vuelve a uno para reflexionar; una escucha dialéctica que nos devuelve transformados cada vez.

Descubrir. Elegir. Narrar. Diseñar. Por eso no se encuentra: se diseña y se construye. Y la diferencia entre esos verbos y el de "encontrar" cambia qué hacés cada lunes al levantarte.

¿Con qué material se diseña? Mediante el recorrido a través de seis territorios:

  • Intereses y flow: qué te apasiona y te absorbe.
  • Fortalezas: tus habilidades y talentos.
  • Valores: direcciones vitales libremente elegidas.
  • Fuentes de sentido: de dónde lo extraés hoy, y en qué grado.
  • Finitud: la brevedad de la existencia y la huella que dejás.
  • Autotrascendencia: maneras concretas de contribuir.

Ninguno se resuelve esperando una señal.

Mito 5: una vez definido, el propósito es para siempre.

Cómo suena por dentro

"Si lo que me movía a los veintidós ya no me mueve, entonces me equivoqué en algo."

El propósito es dinámico. Refleja la madurez de tu identidad y de tu rol social en un momento dado, y ambas están en movimiento; por eso tiene más sentido hablar de tu propósito actual que de tu propósito a secas.

Leider lo describe como espiral, no como línea: al envejecer no repetimos la misma pregunta, formulamos otras. La antropóloga Catherine Bateson, a quien él cita, señala el costo de ignorarlo — se desperdicia mucho capital social cuando las personas dan por sentado un camino y luego descubren que el territorio no coincide con su mapa. Elegir qué hacer a los dieciocho y luego ejecutar esa misma dirección durante cuarenta años ya no describe casi ninguna trayectoria real, y es cada vez más impracticable en los tiempos que corren.

Que sea dinámico, igual, no lo vuelve inconstante. Sigue siendo una dirección estable: lo que muta, muta de una etapa vital a la siguiente, no de un día para el otro. Revisarlo cada tanto no traiciona nada, es parte del proceso.

Mito 6: El propósito está muy bien, pero es poco práctico.

Cómo suena por dentro

"Me encantaría tenerlo, en serio. Pero primero hay que pagar las cuentas. Y no me da el tiempo."

El mito presupone una escisión: de un lado la vida que te importa, del otro la que paga el alquiler, disputándose las mismas horas. Kislansky lo formula como la trampa del "o sigo mi propósito, o pago mis cuentas". La premisa es falsa, y no porque uno pueda arreglárselas para conciliar ambas mitades: es falsa porque el propósito no compite por esas mismas horas. Trabaja dentro de ellas, cambiando cómo las usás y las amplifica.

Pensá qué produce vivir alineado con lo que valorás: foco para priorizar y descartar lo accesorio; energía disponible, en vez de la que se consume sosteniendo algo que no te identifica; y motivación intrínseca, la que empuja en esos tramos sin brillo de cualquier oficio, ahí donde no hay recompensa externa a la vista. Foco, energía y persistencia sin premio son capacidades productivas más que virtudes motivacionales, y quien trabaja con las tres tiende a trabajar mejor — cosa que se termina pagando. El propósito no compite con la subsistencia; la potencia.

La psicóloga organizacional Amy Wrzesniewski describió tres maneras de relacionarse con una misma ocupación, y la diferencia no está en el puesto sino en quien lo ocupa: como trabajo (motivación material, la tarea vivida como peaje hacia el sueldo y el tiempo libre), como carrera (motivación de estatus, un escalón más) o como llamado (motivación intrínseca, la tarea como fin en sí misma). Dos personas con la misma profesión pueden estar viviendo cosas completamente distintas.

Y corre en los dos sentidos, porque los recursos amplían el alcance de tu causa. El problema nunca fue desear tener dinero, sino anteponerlo a todo. Quien pasa años en algo ajeno a lo suyo termina sintiéndose auténtico sólo durante los fines de semana, con una sensación crónica de vacío.

Dos advertencias, igualmente. Paul Graham apunta que lo que más desvía a la gente ambiciosa es el dinero combinado con el prestigio: se termina eligiendo lo que impresiona por encima de lo que interesa. Y el margen para elegir no es parejo — quien solo aspira a una vida económicamente holgada muchas veces no logra costearse ese margen.

La segunda mitad del mito, la del tiempo, es más frecuente todavía. Según Thoreau: "No alcanza con estar ocupado. Las hormigas están ocupadas". La pregunta no es si estás ocupado o no, sino ocupado en qué. Y aguardar a tener tiempo es tan fútil como ahorrar energía física este año para el año que viene. La única manera de destinarle tiempo al propósito es sustraérselo a otra cosa.

Mito 7: El propósito es lo mismo que una meta.

Cómo suena por dentro

"Definir mi propósito debe ser algo así como ponerme un objetivo grande a un plazo determinado."

Las metas responden qué quiero lograr; el propósito, para qué.

Una meta se parece a un viaje en tren: llegás y ahí se acabó. El propósito se parece más a ir al oeste — siempre se puede seguir yendo en esa dirección, y nunca terminás de llegar. Por eso es una tendencia asintótica antes que un objetivo, y por eso es autotélico: sus acciones son un fin en sí mismas, no un tránsito hacia otra cosa. El propósito no es la meta, es el combustible que te empuja hacia tus metas.

A esta distinción Leider llegó por fracaso, y lo cuenta sin adornarlo. Los libros de autoayuda le indicaban que el primer paso era escribir sus metas; se sentó con lápiz y papel, y no aparecieron. Las que lograba formular no lo movían, y cuando se comprometía con alguna la alcanzaba incluso antes de lo previsto, pero el resultado jamás traía la satisfacción prometida. Recién ahí entendió el orden: hay que abrazar un propósito antes de elegir las metas. Lo que da vitalidad no son los objetivos sino el sentido con el que uno los abraza.

El chequeo útil, entonces, no pasa por preguntarse "¿tengo las metas adecuadas?". Pasa por cuatro indicadores: vitalidad, motivación intrínseca (actuar sin recompensas externas), foco para priorizar lo que importa y autenticidad. Se pueden cumplir metas durante toda la vida sin que ninguno de los cuatro estén presentes.

Mito 8: Una vida con propósito es una vida sin problemas.

Cómo suena por dentro

"Si estoy angustiado y confundido, es porque todavía no lo encontré."

Propósito no es sinónimo de dicha permanente. Vivir con propósito no significa no caerse nunca; significa tener con qué levantarse otra vez. La vida se parece a un monitor cardíaco, dice Kislansky: a veces sube, a veces baja. Lo que cambia con el propósito es la razón para seguir cuando el neto está dando negativo.

La investigación acompaña esa lectura. Un estudio con 217 jóvenes citado por Kendall Bronk halló que quienes reportaban sentido de propósito mostraban mayor resiliencia, menores tasas de depresión, menor consumo de alcohol y más compromiso con sus responsabilidades. Y los beneficios documentados son amplios: mejor funcionamiento inmune y menor mortalidad en salud física; mejor manejo del estrés y menos depresión y ansiedad en salud mental.

Fijate en el verbo de cada hallazgo. Ninguno dice "elimina". Dicen reduce, mejora el manejo de. El propósito no suprime la adversidad; aumenta lo que podés hacer con ella.

Tampoco es sinónimo de ser feliz, y esa es otra confusión frecuente. Baumeister lo prueba con un dato incómodo: tener hijos baja la felicidad que la gente reporta día a día, y sin embargo sube el sentido de propósito. Frankl iba más lejos todavía — para él la felicidad no se persigue encarándola de frente, viene como subproducto de perseguir un propósito, y quien sale a buscarla deliberadamente rara vez la alcanza. El propósito no te promete estar bien todo el tiempo. Promete que el viaje valga, incluso los días en que fracases.

Aaron Antonovsky llegó a una idea parecida por otro lado, ya en los años setenta: en vez de preguntar qué enferma a la gente, preguntó qué la mantiene sana a pesar de la adversidad, y llamó a eso sentido de coherencia. Dentro de ese modelo —lo bautizó salutogénico, para diferenciarlo del enfoque que solo busca la enfermedad— el propósito funciona como recurso: algo que nos nutre y fortalece en la adversidad, no algo que evita el golpe.

El testimonio más contundente sigue siendo el de Frankl, que como prisionero en campos de concentración nazis observó cómo el propósito mantenía viva a la gente. Un dato que no admite lectura indolente: ahí el propósito es aquello que vuelve soportable lo insoportable.

Mito 9: Buscar propósito siempre hace bien.

Cómo suena por dentro

"Mientras lo busque, algo bueno estoy haciendo. Peor sería quedarme quieto."

Los ocho anteriores son creencias que te frenan. Este es distinto: es el que te empuja, y por eso casi nadie lo revisa. Lo alimenta una industria que vende el propósito como revelación capaz de reordenar una vida de un día para el otro, empezando por el ikigai que circula en redes desde 2014, cuando Marc Winn le puso esa etiqueta japonesa al esquema de los cuatro círculos —lo que amás, aquello en lo que sos bueno, lo que el mundo necesita, aquello por lo que te pagan— que en realidad había diseñado el español Andrés Zuzunaga. El ikigai japonés no exige que la actividad genere ingresos ni que resuelva un problema del mundo: puede ser el café de la mañana, o cuidar un bonsái. La versión occidental le agregó rentabilidad e impacto; es decir, le agregó los mitos 2 y 6.

Michael Steger distingue dos cosas que solemos mezclar: la presencia de sentido (sentir que tu vida ya lo tiene) y la búsqueda de sentido (estar tratando de conseguirlo). Los estudios transversales muestran que quienes buscan con más intensidad tienden a reportar más ansiedad y menos bienestar. La búsqueda funciona, muchas veces, como síntoma de una carencia antes que como camino de salida.

Schnell agrega algo que descoloca. Durante décadas se asumió que la falta de sentido y la crisis de sentido eran los dos extremos de una misma vara; medidas por separado, resultaron dimensiones bastante independientes. Existe un grupo que ella llama indiferencia existencial: gente que no percibe sentido en su vida y a la que eso no le molesta —en Alemania eran el 35% a comienzos de siglo y el 18% en 2021, sin niveles de depresión ni ansiedad que indiquen un problema clínico—. Schnell lo lee con reservas, porque viene acompañado con baja eficacia percibida y cierta resignación, pero el dato desarma la premisa: la ausencia de propósito no produce sufrimiento automáticamente.

Una precisión, porque esto se confunde fácil: Steger advierte que la relación no es causal — la gente con poco sentido empieza a buscarlo, no al revés. De ahí el nombre del fenómeno, purpose anxiety: la angustia de sentir que ya deberías haber descubierto tu propósito, sin que nadie te haya dicho cómo. Y a la pregunta que se sigue de esto —si buscar correlaciona con malestar, ¿no convendría no buscar?— la responde Joel Vos, que revisó 60 ensayos clínicos publicados en once idiomas, con 3713 participantes: las intervenciones centradas en el propósito mejoran la calidad de vida y el bienestar psicológico, y reducen ansiedad, depresión y angustia existencial, con efectos comparables o superiores a los de la terapia cognitivo-conductual.

La contradicción es aparente y se resuelve mirando el método. Rumiar no es lo mismo que trabajar. Lo que correlaciona con la ansiedad por decidir es la búsqueda a tientas, sin instrumentos, alimentada por la sensación de estar en falta. Lo que produce mejoras es el trabajo sistemático y con compañeros de ruta. Tener propósito se asocia de manera consistente con más bienestar. Obsesionarse con encontrarlo, con lo opuesto. Si al leer los ocho mitos anteriores sentiste urgencia por resolver algo ya, la ansiedad es el problema — no el punto de partida.

Mito 10: Sólo se puede tener un propósito por vez.

Cómo suena por dentro

"Tengo que elegir uno solo. Si me llama en direcciones divergentes, es que todavía no encontré el mío."

Diez propósitos son insostenibles, eso es cierto: fragmentan la energía y devuelven la misma sensación de dispersión que se supone que el propósito viene a resolver. Pero de ahí no se sigue que la única alternativa sana sea uno solo. Scott Barry Kaufman, en Transcend, zanja la cuestión: es posible tener más de un propósito, siempre que estén integrados entre sí. La condición no es el número. Es que no queden sueltos.

La integración se juega en cómo se narra, no en cuántas áreas de la vida toca. Kaufman describe una jerarquía: hay objetivos concretos y de corto plazo, y por encima de ellos una "meta de ser" más abstracta que los reúne a todos. Cuando el propósito se nombra en ese nivel alto —con un verbo paraguas, algo como cuidar, sostener, construir— un mismo eje puede expresarse distinto en el trabajo, en la crianza, en un proyecto propio, y seguir siendo, en rigor, un solo propósito con varias caras. Cuando, en cambio, cada área recibe su narrativa propia y desconectada de las demás, el número se multiplica, y con él la sensación de estar tironeado en direcciones distintas.

Paul Wong lo describe con las mismas palabras que usaría cualquiera de nuestros participantes: el propósito es multifacético, se puede tener "un sentido general de la vida, y al mismo tiempo experimentar distintos niveles de propósito en distintas áreas como el trabajo, las relaciones, los amigos, el esparcimiento". La disonancia no aparece por tener más de un frente abierto. Aparece, dice, por no lograr "formular una narrativa clara" que los conecte.

El ejemplo que da Todd Kashdan es prolijo. Gandhi tenía, según cuenta, al menos tres propósitos: alcanzar su propia iluminación, ayudar a sus compatriotas a hacer lo mismo, y proteger la libertad y la dignidad de los oprimidos. "Nada mal para un solo hombre", anota Kashdan. Los tres convivían porque compartían el mismo eje, no porque Gandhi hubiera elegido uno y descartado los otros dos. Ahí está el límite real del mito: no es que haga falta reducir todo a un propósito único. Es que sostener varios sin ningún hilo que los una es la receta para la disgregación, y la asignación inadecuada de tiempo y energía para cada uno de ellos.

Mito 11: Cualquier contribución cuenta como propósito.

Cómo suena por dentro

"Si esto me mueve de verdad y le pongo dedicación, cuenta como mi propósito, sea lo que sea."

La estructura psicológica del propósito no distingue por contenido moral — organiza, motiva, da dirección, sin fijarse en si la causa es noble. Pero de ahí no se sigue que cualquier convicción alcance para llamarlo propósito en el sentido que le interesa a este recorrido.

Scott Barry Kaufman le pone nombre y condiciones al asunto en Transcend: el propósito moral es virtuoso (compromiso genuino con ideas morales), consistente (las acciones acompañan a las intenciones), valiente, inspirador y humilde. Y usa a Hitler explícitamente para marcar el límite: un fin innoble como el suyo no cumple con la primera condición. Los ejemplos que sí puntúan alto en las cinco —Gandhi, Rosa Parks, Martin Luther King, Eleanor Roosevelt, Aung San Suu Kyi, Andrei Sakharov— comparten algo que Kaufman subraya: esa lista no separa orientaciones políticas. Hay consenso entre personas ideológicamente opuestas sobre que aquellas fueron buenas personas.

Todd May llega a una conclusión parecida por un camino distinto, en A Significant Life. Compara a dos personas que participan del mismo horror —un régimen genocida—: una entregada por completo a la causa, y otra que participa por coacción o lealtad pero por dentro está segura de que algo anda mal. Por los criterios habituales —compromiso subjetivo, constancia, coherencia narrativa— la vida de la primera debería ser más significativa. May sostiene que ocurre lo contrario, y lo llama una relación asimétrica: "mientras la moralidad no puede sumarle sentido a una vida, una inmoralidad severa —lo que llamo el mal— puede restárselo". El compromiso y la constancia no son valores neutros. Cuando están al servicio de algo profundamente dañino, dejan de sumar sentido y empiezan a restarlo.

Frank Martela llega al mismo punto por la vía empírica en vez de la filosófica, en A Wonderful Life. En un experimento con estudiantes, la mitad jugó un juego aburrido de asociación de palabras; a la otra mitad le dijeron que cada respuesta correcta donaba comida a gente que pasa hambre. El segundo grupo reportó sentir bastante más sentido con la misma tarea. Y cuando busca ejemplos de vidas particularmente significativas, los nombres que aparecen —Gandhi, Nelson Mandela, Martin Luther King, la Madre Teresa— comparten un solo rasgo: hicieron una diferencia positiva y reconocible en la vida de otros, incluso a costa de una abnegación considerable.

Entonces el mito no se corrige diciendo que hace falta ser bueno para tener propósito — ni Kaufman ni May sostienen eso, y de hecho la moralidad tampoco garantiza que un propósito nutra el crecimiento. Se corrige así: un propósito es constructivo cuando hay algo parecido a un consenso, incluso entre personas que piensan distinto en casi todo lo demás, de que beneficia a otros más allá de uno. La convicción con la que alguien se entrega a algo, por sí sola, no alcanza.


Los primeros ocho comparten una estructura: ubican el propósito afuera y en otro momento. En alguien más prodigioso, en una idea más original, en una revelación por venir, en un escondite por descubrir, en una etapa vital con más plata o más tiempo, en un estado ideal donde ya no habría problemas. El noveno es de otro orden: no te frena, te apura. Los dos últimos son de un tercer tipo — no te dicen dónde está ni te apresuran a encontrarlo. Le ponen un límite arbitrario (uno solo, y nada más que uno) o le sacan el único límite que en verdad tiene (que sirva a algo más que a la propia convicción).

Desarmarlos no te aclara ningún propósito. Hace algo más modesto: te devuelve el sustrato. Y el sustrato ya lo tenés a mano — lo que te hace sentir vivo, lo que se te da fácil, lo que te importa y la contribución que querés brindar. La cuestión ya no es dónde está. Es empezar, desde donde estás.


Fuentes: Antonovsky, A. (1996). The salutogenic model as a theory to guide health promotion. Health Promotion International, 11(1), 11-18. · Baumeister, R. F., y Vohs, K. D. (2002). The pursuit of meaningfulness in life. En C. R. Snyder y S. J. Lopez (eds.), Handbook of Positive Psychology (pp. 608-618). Oxford University Press. · Burnett, W., y Evans, D. (2016). Designing Your Life: How to Build a Well-Lived, Joyful Life. Knopf. · Damon, W. (2008). The Path to Purpose. Free Press. · Graham, P. (2006, 2024). How to Do What You Love y When to Do What You Love (ensayos, paulgraham.com). · Ibarra, H. (2023). Working Identity (ed. revisada). Harvard Business Review Press. · Kashdan, T. B. (2009). Curious? Discover the Missing Ingredient to a Fulfilling Life. William Morrow. · Kaufman, S. B. (2020). Transcend: The New Science of Self-Actualization. TarcherPerigee. · Kislansky, K. (2025). The Purpose Revolution. · Leider, R. J. (2010). The Power of Purpose: Find Meaning, Live Longer, Better (3.ª ed.). Berrett-Koehler. · Landau, I. (2017). Finding Meaning in an Imperfect World. Oxford University Press. · Martela, F. (2020). A Wonderful Life: Insights on Finding a Meaningful Existence. Harper Design. · Maslow, A. (1973). El hombre autorrealizado. Kairós. · May, T. (2015). A Significant Life: Human Meaning in a Silent Universe. University of Chicago Press. · McAdams, D. P., en Wong, P. T. P. (ed.) (2012). The Human Quest for Meaning (2.ª ed.). Routledge. · Schnell, T. (2021/2.ª ed.). The Psychology of Meaning in Life. Routledge. · Steger, M. F., Frazier, P., Oishi, S., y Kaler, M. (2006). The Meaning in Life Questionnaire: assessing the presence of and search for meaning in life. Journal of Counseling Psychology, 53(1), 80-93. · Vos, J. (2018). Meaning in Life: An Evidence-Based Handbook for Practitioners. Macmillan. · Wrzesniewski, A., McCauley, C., Rozin, P., y Schwartz, B. (1997). Jobs, careers, and callings: people's relations to their work. Journal of Research in Personality, 31(1), 21-33. · Material del Taller de Propósito Vital, Psicología del Bienestar. Se citan además Bateson, M. C.; Bronk, K. C.; Frankl, V. E.; Fox, T., y Thoreau, H. D., según referencias de las obras consultadas.

Publicado por Mauro Tommasi.

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