Dicho en tu camiseta
Siete pasos cortos, unos veinticinco minutos. Empieza por un dicho que estarías dispuesto a llevar puesto y termina con un cambio chico en la semana que ya tienes.
Nada de lo que escribas se guarda ni se envía a ningún lado. Cierras la página y desaparece. Al final puedes copiar tus respuestas o descargarlas en PDF.
Elige tres que te pondrías
Cuarenta refranes. Entre dos y cuatro de ellos te los vas a estampar en el pecho. No elijas los que te parecen ciertos: estar de acuerdo es barato. Imagina las palabras encima tuyo mientras entras a una sala llena de gente que te conoce bien. ¿Te la pondrías? ¿La llevarías con algo de orgullo?
¿No eres de usar camisetas con frases? Usa lo que sí firmarías: una taza que te llevas al trabajo, la línea debajo de tu firma de mail, un cartel arriba del escritorio. Lo que importa es que la gente que te conoce lo vea, y sepa que lo elegiste tú.
Puede que alguno no lo hayas escuchado nunca, y está bien: juzga las palabras en sí, no si te suenan conocidas. Y ve rápido, diez segundos cada uno. La intuición llega antes que el razonamiento.
¿Falta el tuyo?
Escribe el refrán que sí te pondrías y agrégalo a los que ya elegiste. Vale cualquier cosa: un dicho, una frase de tu abuela, algo que repetiste tanto que se volvió una regla. Cuenta dentro de los cuatro.
Qué hay debajo
El refrán es la superficie. Debajo suele haber un valor: no una meta que se alcanza, sino una dirección hacia la que te importa moverte.
¿Dónde entra cada valor?
Un valor no vive en el aire: se pone en juego en algún lado. Mira los ámbitos de abajo y marca, en cada uno, los valores que te gustaría que lo guiaran.
Qué haces en cada ámbito
Deja los valores a un lado un minuto. En cada uno de estos ámbitos, escribe las cosas que haces habitualmente: lo que ya ocupa tus días, no lo que te gustaría hacer ni lo más memorable del año.
Cosas concretas y repetidas, del tamaño de «llevar a los chicos al colegio», «contestar mails a la mañana», «la caminata del domingo». Lo chico y poco vistoso sirve más que lo grande e impresionante.
Un valor es un adverbio
Una meta es algo que alcanzas y tachas: correr la maratón, recibirte, comprar la casa. Un valor funciona distinto. Es una cualidad de la acción, una manera de hacer lo que sea que estés haciendo. No se termina nunca. Puedes ponerlo en juego esta tarde y otra vez mañana, el resto de tu vida.
Una forma de volverlo concreto: convertir el valor en un adverbio. Coraje se vuelve valientemente. Generosidad se vuelve generosamente. Deja de ser algo que tienes y pasa a ser una manera de moverte.
Tus valores, como cualidades de la acción
Cambia cualquier palabra que no suene a algo que dirías en voz alta.
Una semana al diez por ciento
No una vida nueva. No un propósito de año nuevo, y nada que haya que sostener. Toma la semana que ya tienes —los mismos horarios, las mismas obligaciones, la misma gente— y condimenta una sola cosa que ya haces con un diez por ciento más de la cualidad que elegiste. No cambia nada en qué haces. Cambia una cosa en cómo.
Esas horas van a pasar igual, hagas lo que hagas; lo único que está abierto es cómo las pasas. Prueba una y mira cómo te va.
Prueba varias combinaciones acá arriba, pero llévate una sola. Una se hace; tres se anotan y se abandonan el martes. Y el diez por ciento es a propósito: lo bastante chico como para que no puedas fallar, que es justamente lo que hace que valga la pena intentarlo.
Tu semana
En los próximos días, fíjate qué pasa. No si funciona, sino si se siente tuyo. Esa es la medida que importa.